Trascender la vieja historia: más allá de la denuncia


En fechas recientes ha surgido una nueva ola virtual de denuncias de violencia sexual y de género, que comenzó gracias a un video que publicó la youtuber Nath Campos. En él, Nath denuncia al hombre que abusó sexualmente de ella y a todo el círculo que lo encubrió. Situación tras la cual, ella tuvo que abandonar oportunidades laborales, convivir con su agresor fingiendo que todo estaba bien y ser excluida de su grupo de “amigos”. Siendo ésta una denuncia tardía, no existe un marco legal que la sostenga. Una historia que las mujeres conocemos bien, pues la hemos vivido muchísimas veces.


En mi aprendizaje como feminista, al escuchar y compartir con otras mujeres me resulta evidente que historias de terror, maltrato y violencia como la de Nath nunca son un caso aislado. Cuando surge una denuncia así las mujeres la creemos, porque en un contexto tan machista como el mexicano, estos casos son el pan de cada día.


Gracias al feminismo, me ha sido posible detectar, nombrar y vocalizar muchísimas situaciones que a lo largo de mi vida me han causado enojo e impotencia y una sensación de profunda injusticia. Situaciones que en su momento no fui capaz de detectar o señalar adecuadamente por no contar con algo más que un presentimiento para entenderlas o por la culpa que implicaba haber permitido que ocurrieran. Con el tiempo, he descubierto que poder compartir estas experiencias con otras es un logro importante. Al hacerlo, los problemas que he experimentado como mujer dejan de ser un drama individual que genera culpa “¿por qué esto me pasa siempre a mí?” Y pasan a ser un problema sistemático y político que nos corresponde resolver “¿por qué estas cosas nos han pasado a tantas?”.


Es un lugar común asumir que el riesgo para las mujeres está “allá afuera” en la calle, de manos de hombres “malvados” que son la excepción a la regla. Supuestos como este, dejan de lado el hecho de que la mayoría de las vivencias más graves de violencia se experimentan de mano de hombres cercanos a nosotras (padres, hermanos, parejas, compañeros y amigos). A su vez, limitan las responsabilidad y agencia que tienen ellos para detenerlas o no ejercerlas. Si queremos desarmar el entramado detrás de la violencia de género, no podemos ignorar las estructuras de poder y las dinámicas dispares que lo conforman.


Si bien, es necesario visibilizar las situaciones de violencia y atribuir la responsabilidad correspondiente a los agresores. También es vital cuestionar y replantear los mandatos de género que se convierten en terreno fértil para las situaciones de abuso. Derribar la estructura que soporta situaciones injustas y violentas es muy importante. Abandonar el miedo y romper el silencio para denunciar es el primer paso. ¿Cuál es el siguiente? ¿Cómo podemos construir dinámicas más justas?


Sobre la autora:

Lucía Anaya

Soy muy curiosa, me gusta caminar, los perritos y el café. Me apasionan los temas de sociedad, género, nuevos medios y cultura audiovisual. Me encanta aprender, estudié una Licenciatura en Arte Digital y una Maestría en Humanidades. Actualmente me desempeño como creadora de contenido digital tanto educativo como para marcas.

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Esta columna forma parte de la sección Editorial de LaTraductoraMx, un espacio de opinión para mujeres especialistas que deciden alzar la voz.