Mi Normalidad

Por: Andrea Velarde López, pasante del programa de Sistema Penitenciario y Reinserción Social de Documenta.


El sábado es mi día favorito, el único que el COVID parece no tocar. El único día que no cambia entre tanta incertidumbre. La única parte de mi vida que considero “normal”, certera.

Son curiosas las cosas que se vuelven normales en contraste con otras: despertarme cada sábado a las siete y media de la mañana para ir al Reclusorio Sur es normal, mientras que tomar mis clases en pijama, no; decirle buenos días a un narco que vive en prisión es normal, pero decir presente por zoom, no.

La normalidad es subjetiva y la mía me transporta a las diez de la mañana de cada sábado a formarme en una fila de mujeres con bolsas en un reclusorio. Son cerca de seis filtros los que tenemos que pasar para que se entrecierre la puerta que separa a nuestros seres queridos del mundo, ese en el que, a causa de un virus, la gente ha tenido que dejar de verse y hablarse cara a cara.

Es una transición al único lugar donde el virus no logra separarnos. Ahí es donde se encuentran ellas y ellos: mujeres que cada semana emprenden desde temprano el camino para ver a un padre, novio, hijo o esposo.

Ellas, cuyos nombres desconozco, desde hace unos meses son las pocas personas con las que tengo contacto. Entre tanto filtro, compartimos y nos acompañamos en medio de descarados intentos de corrupción: para nosotras ha sido normal escuchar el "¿y ahora cómo le hacemos?" que nos dicen los custodios cuando esperan conseguir un pago por hacer su trabajo.

Una de las mujeres me sugiere que no me forme en cierta fila porque la custodia en turno es "bien perra" y siempre busca sacar algo. Por un momento, mujeres que sólo tienen en común los sábados por la mañana se unen para evadir a esos de negro cuyo único objetivo es robar el tiempo.

“El kilómetro” lo llaman. Ese es nuestro primer destino: un largo pasillo donde están los internos que esperan la llegada de sus familiares. Cuando finalmente has llegado, los brazos están entumecidos y te encuentras desesperada después de los constantes "¿me va a dar para el refresco?”, “¿cómo le hacemos?" y la vieja confiable: "eso no pasa” (una frase con la que los custodios en realidad te comunican que debes pagar para que puedas pasar sin problema). Cada una tiene su estrategia para lidiar con esto: algunas les sueltan un par de monedas con tal de que no les roben el tiempo. Yo finjo no escucharles y me sigo de largo. Hasta ahora ninguno me ha detenido.

Afortunadamente hay un respiro cuando encuentras a algún conocido que te quita el peso de los brazos y te recuerda por qué el sábado es tu día favorito.

Atravieso “El Kilómetro” y otras zonas del penal entre los ecos del grito “pasa visita”. Los internos tienen la tradición de gritar esto mientras las visitas atraviesan el lugar indicando al resto de los presos que deben voltearse, que no deben ver a quien llega de visita, por respeto.

Mientras camino me voy olvidando del mundo, este que hoy está marcado por una pandemia que nos ha obligado a todas y todos a convivir a través de las pantallas para evitar los contagios.

Llegué al dormitorio uno (bien podría ser un búnker inmune al paso del virus). Caras, voces... (qué extraño se siente ver todo tan de cerca).

Un chico al que llamo Semiyu pasa corriendo y se detiene a saludar:

Semiyu, amiga — me dice, como si yo pudiera olvidar que “semiyusignifica “amiga” en mazateco.

Semiyu, eres famoso— interrumpe mi papá— Escribieron una historia basándose en ti, sólo que te volvió mujer—.

— Ah, ¿sí?. Muchas gracias— responde Semiyu sonriendo hacia mí antes de irse.

Nadie nunca antes me había dado las gracias por escribir.

Mientras estoy aquí recuerdo lo sola que me he sentido afuera desde el inicio de la cuarentena, y luego pienso en Semiyu, que está en prisión sin saber hablar español, lejos de su familia y sin tener ningún medio para comunicarse directamente con sus seres queridos... Tener WhatsApp, Instagram, Zoom, Facebook y el teléfono celular ahora hacen que el sentirme sola allá afuera parezca algo ridículo.

El tiempo se pasa rápido cuando te encuentras en este mundo paralelo. Aquí adentro, jugar basquetbol, UNO, football y dominó hace que la realidad fuera de estos muros parezca ficción.

El conocer personas nuevas en el contexto actual es casi imposible, pero eso no aplica en este micro mundo.

Blanca es una mujer trans. Tiene mi edad, veintidós años. Me cuenta su historia y me sorprende lo calmada que es su voz. La escucho.

La crueldad humana me sorprende, creo que supera la de cualquier virus. Blanca me cuenta que un día de las dos semanas que pasó en el penal de Santa Martha un grupo de mujeres intentó quitarle sus implantes con la punta de un cepillo de dientes que afilaron.

—¿Te puedo enseñar la herida?— me pregunta, y antes de que pueda contestarle se abre la sudadera.

Mientras yo, allá afuera, vivo una gran incertidumbre por lo que vendrá tras la pandemia, Blanca me cuenta la suya: ella vive con la zozobra de no saber si los próximos cincuenta años de su vida tendrá que pasarlos en el encierro o si podrá seguir con sus sueños de ser maquillista en TV Azteca. Sin duda, el peso de la incertidumbre cobra otras dimensiones en su situación.

— ¡Gracias, visita! — se escucha de pronto gritar a un muchacho.

Y se rompe el encanto. Todos saben lo que sigue: la despedida. Hay muchas cosas detrás de ese "gracias, visita": gracias por haberse despertado temprano en un sábado para estar aquí, gracias por haber cargado bolsas llenas de la comida de toda una semana, gracias por haber pasado por los filtros y por haber aguantado a los custodios, gracias por no tenernos miedo, gracias por no abandonarnos. También detrás de ese gracias hay peros implícitos, bastante crueles: gracias por estar aquí, pero te tienes que ir, gracias por pasar el día con nosotros, pero él no se puede ir….

Todas se apresuran a juntar de nuevo sus bolsas, las mismas con las que entraron, pero ahora con toppers vacíos de olores extraños.

La despedida es lenta: todas intentamos alargar los últimos minutos del día, pero el tiempo no se puede estirar tanto frente a la inquisidora mirada de los custodios.

La salida es rápida, nadie te cuestiona ni te detiene y en menos de lo que se espera ya estás afuera. Otra vez formas parte del mundo dominado por COVID donde cualquier contacto se lleva por medio de una pantalla.

Apenas han pasado cinco minutos desde que el horario de visitas se acabó, y ya estoy pensando en lo que haré el próximo sábado y contando los minutos para que ese día llegue.


Este artículo forma parte de una nueva colaboración entre LaTraductoraMx y Documenta, en un esfuerzo por difundir los contenidos en materia de derechos humanos de su blog "Bajo la Lupa": https://documenta.org.mx/blog-documenta/