¿Mi cuerpo es mío?


La primera vez que alguien evidenció que algo estaba mal con el tamaño y forma de mi cuerpo fue a los 7 años, desde entonces, he vivido 27 años yendo y viniendo de dietas extremas, usando fajas, haciendo rutinas excesivas de ejercicio, pasando por trastornos alimenticios con tal de adelgazarme y con suerte acercarme al canon de belleza que todos los días se les demanda a las mujeres.


La exigencia de que nuestros cuerpos respondan a un cierto tipo de belleza (y delgadez) es sin duda una de las violencias simbólicas[1] y más naturalizadas que vivimos todos los días como mujeres, particularmente, porque toda nuestra cultura visual está construida sobre ella y porque pareciera que, aunque ahora muchas tenemos un desarrollo profesional/intelectual mayor, el único valor real que seguimos teniendo como mujeres es nuestra apariencia física.


El crecimiento de esta demanda sobre nuestros cuerpos está profundamente ligado a los intereses económicos del modelo capitalista -que prioriza el consumo de todo tipo de productos con tal de lograr el ideal de belleza- pero también, a una deshumanización de las mujeres que las obliga a alinearse a los mandatos de belleza establecidos sobre sus cuerpos, antes que a construir caminos que les permitan ganar en autonomía y en libertad para sentirse cómodas en sus propios cuerpos y dueñas de sus propias vidas.


Según una encuesta realizada en 2019 por la organización chilena La Rebelión del Cuerpo con mujeres mayores de 14 años en Latinoamérica[2], el 95% de las mujeres entrevistadas, opina que su apariencia física influye sobre su seguridad personal, el 86% declara haber dejado de hacer actividades por como se siente con su cuerpo y en promedio, la mayoría de las mujeres dedica al menos 3.5 horas de su día a pensar en cómo se ve. La encuesta también preguntó sobre las sensaciones y emociones sobre sus cuerpos en el último mes y la mayoría de las respuestas recabó sentimientos de asco, odio y vergüenza, evidenciando niveles altos sobre insatisfacción e incomodidad que incluso muchas veces termina siendo un impedimento para desarrollar su proyecto de vida.


La gran pregunta es ¿cómo nos desvinculamos de estos mandatos de belleza y nos apropiamos de nuestros cuerpos? Lo primero que debemos tener claro es que la apropiación del cuerpo de las mujeres no es un acto individual o un súper poder que tiene cada una para lograrlo, muchas veces creemos que la autoestima (o el ahora famoso amor propio) se consigue de la misma forma para todas, y que cada una tiene la voluntad para lograrlo, lo grave de esta creencia es que nos desligamos de la desigualdad estructural que nos atraviesa como mujeres y dejamos fuera nuestros contextos, y nuestras relaciones culturales y económicas.


Nuestro cuerpo no es nuestro porque todavía le pertenece a mandatos colectivos que nos oprimen de manera cotidiana y por eso es necesario abrir la puerta a nuevas narrativas desde un lugar donde podamos construir nuevas posibilidades para nuestras vidas, pero sobre todo recordar, que nuestras vidas se conforman de vínculos significativos que nos ayudan a sostenernos y que por tanto, la identidad y apropiación de nuestros cuerpos, debe ser sin duda un logro colectivo.

[1] La violencia simbólica es un concepto desarrollado desde la sociología para describir una relación social asimétrica en donde la persona que tiene un poder mayor ejerce violencia indirecta sobre quién ocupa una posición en desventaja, regularmente esta violencia no es evidente o perceptible para la persona que está siendo dominada. [2] http://larebeliondelcuerpo.org/2019/09/08/resultados-nuestra-encuesta-percepcion-imagen-corporal/


Sobre la autora:

Brisa R. Chan

Maestra en política pública y derechos humanos. Es consultora y tiene 10 años de experiencia dirigiendo proyectos relacionados con educación, género y violencia.

Twitter: @brisaruch

Esta columna forma parte de la sección Editorial de LaTraductoraMx, un espacio de opinión para mujeres especialistas que deciden alzar la voz.