Menstruación sin autonomía


Menstruar es estigma social. La menstruación es todavía motivo de discriminación, violencia, acoso, exclusión y humillación. Un proceso natural que vive la mitad de la población está repleto de prejuicios, mitos y descalificaciones relacionadas a la suciedad, lo impuro, tóxico, contaminante y más. Nos hacen sentir vergüenza y asco por nuestros propios cuerpos. Menstruar sigue siendo un factor de desigualdad social.


En México, enseres de higiene menstrual como toallas, tampones, pantiprotectores, compresas o copas no son considerados productos de primera necesidad y se les aplica el 16% de IVA. Pagamos un impuesto por menstruar; un impuesto discriminatorio que se cobra en función del sexo.


Y por si fuera poco, ahora limitan nuestras opciones:


Con la aprobación de la reforma a la Ley de Residuos Sólidos por parte del Gobierno de la CDMX, a partir del 1 de enero del presente año se prohibieron los plásticos de un solo uso, lo cual trajo consigo escasez de tampones.


La secretaria de Medio Ambiente de la capital, Mariana Robles, equiparó a los tampones, con botellas, bolsas, cubiertos, vasos y globos como productos no indispensables y llamó a las mujeres a tomar “mejores decisiones”. Este mensaje es gravísimo ya que responsabiliza a las mujeres de los efectos contaminantes de productos desechables.


No todas vivimos la menstruación de la misma manera, nuestras circunstancias sociales, económicas y políticas determinan las condiciones para gestionar nuestra menstruación.


De acuerdo a CONEVAL (2018), solo en la CDMX, más del 30% de las mujeres vive en condiciones de pobreza, 1.7% en pobreza extrema y el 20% no tiene acceso a servicios de salud. A estos datos se añaden los más de 260 mil hogares que no tienen acceso a suministro de agua.


Por ello, limitar el acceso a productos menstruales desechables impacta de manera directa a las mujeres en situaciones más vulnerables, con menos recursos. Aplicar medidas sin perspectiva de género, sin considerar condición económica y social hace que se acrecente la brecha de desigualdad y atenta contra nuestra autonomía.


Ante la falta de tampones, legisladoras “extienden una invitación” para optar por copas menstruales, ignorando el hecho de que los productos ecológicos no son de fácil acceso para todas, no sólo por su precio, sino por los recursos que se necesitan para su correcto uso, como agua potable y espacios adecuados, seguros y privados. Se toman acciones en nombre del medioambiente y no brindan alternativas viables, opciones ecológicas y asequibles para que todas las niñas y mujeres de la capital tengan acceso a una menstruación digna. Legislan desde el privilegio.


La agenda ecologista del Gobierno de la CDMX carece de sentido. Mientras prohiben la venta de tampones con aplicadores de plástico por no ser “indispensables”, priorizan la construcción de un puente vehicular que amenaza con erradicar el último humedal de la capital, en Xochimilco.


Lo más grave, es que esta iniciativa tiene posibilidad de extenderse a otras entidades del país, donde la brecha de desigualdad por motivos de género es aún mayor.


El estigma sobre la menstruación no es únicamente sentir asco por unos calzones manchados, está en la falta de educación de niñas y jóvenes, en las políticas públicas sin perspectiva de género y en un sistema de salud deficiente. No menstruamos por gusto, elección, placer o lujo.


Sobre la autora:

Ana Albarrán

Comunicóloga y feminista. Escribo para entender.

Twitter: @anaalbarrang

Instagram: @anaalbarrang

Esta columna forma parte de la sección Editorial de LaTraductoraMx, un espacio de opinión para mujeres especialistas que deciden alzar la voz.