Las Otras: mujeres privadas de la libertad


Recuerdo cuando, a inicios de la pandemia, se popularizó este dicho de que todas las personas íbamos en el mismo barco. Con ánimos optimistas y de colaboración, se invitó a trabajar en conjunto como sociedad para enfrentar la contingencia ocasionada por el COVID-19. Incluso, grandes pensadorxs como Mbembe hablaron sobre cómo la pandemia democratizaba el poder de matar. Por primera vez, parecía que nos enfrentábamos a algo que nos supera en todos los sentidos, por lo que vamos en igualdad de condiciones.


Pasó poco tiempo para darnos cuenta que esto no era cierto. Entonces, se empezó a corregir el dicho: no vamos en el mismo barco, más bien estamos en el mismo mar, cada quien enfrentándolo desde sus posibilidades. El COVID-19 ha tenido un impacto diferenciado y, claro, las poblaciones más afectadas son las que ya formaban parte de grupos vulnerables (o vulnerados): mujeres, personas migrantes, comunidad LGBTTIQA+, personas indígenas y personas en situación de pobreza, por mencionar algunos.


Resalta uno en específico: las mujeres privadas de la libertad, en el entrecruce de las opresiones. Vulnerables por ser mujeres, vulnerables por estar privadas de la libertad, vulnerables por provenir, la mayoría, de un contexto de empobrecimiento y precariedad. En general, se habla poco de lo que se vive dentro de los centros penitenciarios. Las personas privadas de la libertad brillan por su ausencia. Y no es una ausencia voluntaria, sino obligada por el diseño institucional, impuesta por el Estado y por la sociedad. Entonces, como decía Spivak, no es que el subalterno (o el Otro, en este caso) no quiera hablar, sino que carece de espacios de enunciación. Arrastrando una tradición punitivista, hemos relegado a estas personas al olvido, condenadas dentro de un sistema que no funciona.


Las personas privadas de la libertad habitan en la idea de lo Otro, que se construye a partir de lo que es incorrecto, incivilizado, inmoral. Las mujeres, en específico, cargan con este estigma, pero además con la idea de que decepcionaron en su papel como mujer. La mujer que delinque se percibe como una doble traidora: con la sociedad y con su género. Esta lógica permite que se pase por alto la violación sistemática de los derechos humanos de estas mujeres, que viven en condiciones de hacinamiento, malos tratos, violencia de distintos tipos y en específico violencia sexual, sin acceso a la salud y a necesidades básicas y sin programas con perspectiva de género.


Todo lo anterior se agudiza con la llegada de la pandemia. Aunque ha habido ciertos esfuerzos por visibilizar lo que están viviendo las mujeres en centros penitenciarios, colectivos y organizaciones de la sociedad civil han denunciado que la información que brinda el gobierno es incompleta y no está actualizada. Documenta, A.C. y Equis Justicia han observado que, en los reportes de los casos de COVID-19 en población privada de la libertad, no se desagrega la información por sexo ni por centro penitenciario, algo que sería fundamental para contar con estrategias efectivas de prevención y contención del virus.

De parte de las autoridades, queda pendiente ver políticas concretas y un protocolo efectivo para atender a estas poblaciones vulnerables en la pandemia. Y creo que, como tarea colectiva, es necesario voltear a ver a estas personas que han sido invisibilizadas y marginadas. Como primer paso, podríamos empezar por replantearnos el paradigma de justicia que nos han vendido, para imaginar formas de construir un futuro en el que quepamos todxs.


Sobre la autora:

Bárbara Martínez-Cairo

Internacionalista de formación. Aprendiendo y desaprendiendo, siempre en constante cambio.

Twitter: @barbymcs

Esta columna forma parte de la sección Editorial de LaTraductoraMx, un espacio de opinión para mujeres especialistas que deciden alzar la voz.