Cuando la policía es la autoridad moral


La escena de la tarde del sábado 28 de marzo en la colonia Tumben Ka del municipio de Tulum es tan previsible como evitable, pero para eso nada debería hacerse como se viene haciendo desde hace tiempo. La seguridad presentada como herramienta bélica que se ve acompañada por el desprecio y negación de derechos para las mujeres y las niñas, también tiene un tinte colonial. Sabemos que hay conexiones entre las violencias sexistas y las violencias estatales, y que el género es una de las intersecciones que se articula con un sistema que alimenta otras opresiones. La correlación de estas fuerzas funge como una instrumentación de la represión como herramienta de gestión dentro de un conjunto de actos que se están llevando adelante en nombre de los protocolos y las políticas de seguridad y donde la profundización de la desigualdad no es un resultado colateral sino un objetivo propiciado.


La política de seguridad hoy es, en gran medida, cebar policías mal entrenados, a cuyas conducciones a cambio se les promete rienda suelta. Pues no se trata de mirar para otro lado, se trata de señalar que esa escena en Tulum, generada por los propios policías, no es nueva, ni excepcional, ni es ajena a la conducción política del Estado como mirada disciplinar con posición de sujeto, conciencia del eurocentrismo como racismo epistémico resultante del patrón de colonialidad.


De la crítica de aquello que está afuera y la autocrítica, la racionalidad política dominante en las instituciones policiales para todos los temas es la que concentra o asocia la idea de ciudadanía con victimización y entonces a nosotras las mujeres se nos factura lo inapropiado, el Estado legitima la teoría del conflicto y justifica la insistencia del uso del derecho penal como herramienta policial que paralelamente se convierte en la única caja de resonancia, aunque sea simbólica que tienen las víctimas actualmente operando.


Las mujeres aún no hemos ganado las calles, porque aquellos que las calles cuidan creen que representan la superioridad moral. Y la policía es una moralizadora, porque desde la perspectiva del patriarcado como primera estructura de poder ve a la víctima como alguien que está en desacato igual que todos los desobedientes en la sexualidad.


Pero no son procesos que se puedan revertir de forma automática. Al menos por ahora, desarrollando una gramática muy sofisticada de lo que ya no consentimos, no toleramos y evidenciamos que es una forma de violencia como lo son los crímenes atroces de la brutalidad policial, ya no utilicen el modelo de silencio de violencia que se imponía a las mujeres.


Sobre la autora:

Clarissa Guevara

Abogada. Feminista antipunitivista.

Twitter: @clarissaguevar

Esta columna forma parte de la sección Editorial de LaTraductoraMx, un espacio de opinión para mujeres especialistas que deciden alzar la voz.